Sobre el blog

Historias alegres que parecen tristes, historias rancias en busca de unas gotas de modernidad, relatos ingenuos pero cargados de mala intención

ENTRE TODAS LAS MUJERES

 

ENTRE TODAS LAS MUJERES







Y morirme contigo si te matas,
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan, nunca mueren

Contigo-Joaquín Sabina

...


-I-

Abrió los ojos y dudó si realmente estaba despierta, porque no veía nada. Pasado un tiempo, no sabía si minutos o segundos, empezó a percibir una sombras que componían lo que parecían ser las paredes de una cueva o un pasaje subterráneo.

No sabía lo que había pasado, lo último que recordaba Sofía es que había salido a pasear a su perra Chispas para que meara en el parque cercano, para evitar que meara todo el suelo de la cocina durante la noche. Oscurecía mientras llovía suavemente pero de forma sostenida.

Entró en el parque que había frente a su casa con la intención de poder soltar al animal y que se desfogase corriendo porque llevaba todo el día muy inquieta.

- Pobrecita, seguramente le pasa como a mí, está en celo y no tiene con quien… - dijo en voz no muy alta, pero audible.

En ese momento alguien le tapó la cara con un pañuelo, aspiró su olor dulzón y despertó en aquel sótano semioscuro, encerrada en una jaula y sujeta de pies y manos por una gruesa cadena que la sujetaba a un somier metálico.

Cuando se recuperó del trauma de encontrarse sujeta en un lugar desconocido, se dio cuenta de que estaba desnuda y después notó una sensación pegajosa en las piernas. Era sangre ya medio seca.

La situación era tan irreal, que en vez de sentir miedo, solo se le ocurrió decir:

- Vaya, encima me llegó la regla y no tengo ni una compresa.

Se movió incómoda pero solo consiguió que la humedad de aquel tugurio le impregnase todos los poros de su cuerpo y empezó a temblar.

- Auxilio, por favor, ayudarme…

Lo repitió una y otra vez, con miedo primero, con desesperación después, con hastío, con asco.

No le contestó nadie, ningún ruido, ningún movimiento.

No supo cuanto tiempo transcurrió, porque seguramente se quedó dormida debido a los efectos de la droga que sospechaba que le habían hecho ingerir o tal vez oler, en aquel pañuelo de aroma dulzón.

Abrió los ojos y lo primero que sintió fue hambre. En medio de aquella situación absurda, por encima del miedo, del frío, de la vergüenza de estar desnuda, de la impotencia de estar atada a aquel somier metálico que le laceraba la espalda, por encima de la vergüenza y el dolor de una menstruación que le arrollaba entre los muslos, sintió hambre y casi sin darse cuenta, sin ser del todo consciente, murmuró:

- Tengo hambre, necesito comer algo.

Surgió una voz del fondo de la cueva.

- Cállate.

Era una voz suave, una voz bien modulada y casi tierna, una bonita voz varonil. Pero la ausencia de violencia en el tono, solo conseguía que resultara aún más amenazante.

- Cállate – repitió.

Y entonces pudo ver la sombra de un hombre alto, delgado y sin duda joven. No supo por qué, pero le pareció que tenía un aspecto melancólico aún envuelto en las sombras del fondo de aquella catacumba.

No supo que replicar, no supo si era alguien que venía a rescatarla o era su raptor. No lo supo hasta que se acercó a un metro del somier al que se encontraba sujeta. Porque el individuo estaba completamente desnudo y mostraba una incipiente erección.

- Me va a violar – pensó.

Tengo la regla – lo hizo valer como un escudo protector contra las intenciones del individuo.

- Lo sé – contestó él. Y no hizo ningún ademán de acercarse más a ella, como si sus palabras realmente la protegieran de una agresión.

- Por favor, necesito una compresa – Sofía pensó que empezaba a controlar la situación.

- No, quiero verte así – le contestó, señalando su erección.

Transcurrió un tiempo que a Sofía se le hizo interminable. El la miraba y sonreía casi con amabilidad.

Por fin, se decidió a hablar.

- ¿No me recuerdas, verdad?.

Lo miró horrorizada, trató de encontrar en su cara algún rasgo que le resultara familiar, algún recuerdo que la pudiera unir a aquel hombre. Pero no encontró nada.

- No, no te recuerdo, es la primera vez que te veo – y gimió por primera vez

- Yo si te recuerdo – susurró él – Cada vez que alguna chica me rechazaba, cada humillación que recibía de una mujer, en cada día de soledad, allí estabas tú.

- Te voy a contar una historia – le dijo suavemente, con un tono dulce en la voz.

- Tenía por entonces 14 años, era mi primer año en el instituto. Yo era un niño triste, mis padres se había separado hacía pocos meses y desde entonces no veía a mi padre. Todas las noches sentía llorar a mi madre, sola en su habitación. Y entonces yo lloraba también, en silencio y al día siguiente me mordía los labios para no llorar por la mañana, al despedirme de ella para ir al instituto.

- En clase, como suele ocurrir casi siempre a los débiles, algunos compañeros se reían de mí y en alguna ocasión me pegaron. No me pegaban mucho, solo lo necesario para humillarme, mientras el resto de la clase se reía s simplemente me ignoraban.

Cayó durante unos segundos, como tomando fuerzas para continuar.

- Había una chica, Covadonga, de la que yo estaba enamorado. Era una chica normal, no llamaba la atención por ser la más guapa ni la más lista de la clase. Pero tenía una mirada que me llenaba de ternura y cada vez que posaba los ojos en los míos, no podía evitar sonrojarme.

- Un día, el grupo de mis acosadores, encabezados por Miguel vino a meterse conmigo como hacían con frecuencia. Era el tiempo de descanso y Covadonga, que se encontraba cerca se interpuso entre ellos y yo y les dijo que me dejaran en paz, que los iba a denunciar a los profesores.

- Quedé maravillado, porque se fueron. Ella se puso a mi lado y me dijo que en adelante íbamos a pasar el tiempo de descanso juntos.

- Y así fue durante una semana. Yo estaba cada vez más enamorado de Covadonga y por primera vez desde la separación de mis padres volví a ser feliz.

- Mi madre guardaba sus escasas joyas que tenía en una pequeña caja en su mesita, entre ellas la alianza que se había quitado de su dedo al separarse de mi padre.

- Se que no tenía derecho, pero entré en su habitación aprovechando que había salido y hurté la alianza.

- Al día siguiente, a la hora del descanso, se la dí a Covadonga. Me había dicho hacía dos días que le encantaban las alianzas y que le gustaría que alguien le regalase una.

Ella la aceptó con naturalidad y cuando íbamos a entrar en clase me dio un beso en la mejilla.

- Por la tarde cuando volví a casa, encontré a mi madre llorando y me dijo entre sollozos que había perdido la alianza, que todos los días cuando volvía del trabajo tenía la costumbre de mirar las fotos de los buenos tiempos y las escasas joyas que tenía y que aquel día faltaba la alianza. Estaba todo menos la alianza – y volvió a llorar.

- No supe que decir, ya era un cobarde por entonces. No me atreví a contarle lo que había pasado.

- Al día siguiente, llegué al instituto todavía pensando como contárselo a Covadonga. Me esperaba Miguel cortándome el paso. Y enseñándome su mano izquierda, vi que en el dedo meñique lucía en anillo de mi madre.

- Lo primero que pensé que se lo había quitado por la fuerza a Covadonga, pero entonces la vi confundida entre el grupo de amigos de Miguel. No se atrevió a mirarme a los ojos, pero sonreía festejando la broma.

- Bueno, amigo -dijo Miguel en voz alta para que lo oyera todo el grupo- Solo fue una broma. Covadonga y yo ahora somos novios y quisimos decírtelo. Por el anillo no te preocupes, es una mierda y no lo quiero.

- Se lo quitó del dedo.

- Y como es una mierda -dijo- te lo voy a dejar en el cagadero y allí lo puedes recoger. Así nadie intentará quitártelo.

- Entró en los servicios y lo tiró en el váter.

- Y allí, llorando, humillado y lleno de vergüenza, revolví entre la mierda hasta recuperar el anillo.

Al terminar el relato empezó a llorar. Sofía hacía rato que ya estaba llorando de tristeza, de miedo y de angustia.

Se acercó un paso hacia la luz tenue procedente de una bombilla de baja intensidad que iluminaba solo el somier metálico y Sofía pudo percibir en su mano derecha un afilado cuchillo de carnicero.

Todo transcurrió muy rápido. El corte cercenando los dedos meñique e índice de la mano izquierda, el chorro de sangre, los gritos de horror de Sofía.

Los gritos, las lágrimas y el horror de Sofía continuaron hasta que perdió el conocimiento.


-II-

En el banco encontraron extraño que Sofía no se hubiera presentado a trabajar. Era una muchacha alegre y cumplidora, en los tres años que llevaba en aquella oficina nunca había faltado ni un solo día laborable.

- Estará enferma – dijo el Interventor, que era gordo, calvo y estaba próximo a la jubilación. Padre de dos varones, veía en Sofía la hija que nunca tuvo.

- Habrá estado de fiesta anoche – dijo Luis. Luis era comercial, un par de años mayor que Sofía y esta le había dado calabazas. Con buena educación y dulzura, pero le había dado calabazas.

- Luis, llama a los clientes de esta relación, que hay de colocar seis planes de pensiones este mes. Y dejar de preocuparos, llamará o vendrá un poco más tarde – Felipe, el director era hombre práctico y apreciaba mucho a Sofía como trabajadora. Como hombre no sentía ninguna tentación carnal a pesar de la buen presencia de esta, porque sus gustos iban por otros derroteros.

Pero Sofía nunca volvió.



III

Pasaron tres días y desde la Sucursal bancaria comunicaron al Departamento de Personal la desaparición de la chica. Inmediatamente programaron una auditoría en la Oficina por si se había producido algún desfalco o faltaban fondos en las cuentas de algún cliente.

El resultado fue negativo, pero para cubrir posibles contingencias y responsabilidades, pusieron una denuncia por desaparición ante la Policía Nacional.

Hicieron las indagaciones oportunas y resultó que Sofía era hija única de una madre soltera que hacía varios años que padecía de Alzheimer y estaba ingresada en una Residencia. No recordaba ya que tenía una hija.

Los responsables de la Residencia dijeron que la hija solía venir a visitarla los fines de semana, pero que precisamente el último no había venido. Quedaron en avisar a la policía si volvía por la Residencia. Pero no volvió

IV

Sofía ya llevaba encerrada en aquel sótano 2 semanas y estaba rota emocionalmente. Cuando despertaba, tenía al lado del colchón una jarra de agua y una hogaza de pan. A veces no recibía la visita del individuo que la tenía secuestra durante dos o tres días. Otras venía varias veces a lo largo del día, siempre desnudo y con una notable erección, se la quedaba mirando mientras se masturbaba y después rompía a llorar y desaparecía por una escalera que ascendía sin que Sofía pudiera ver a donde se dirigía.

Nunca la violó ni siquiera la tocó, solo se masturbaba. En el suelo de su celda reposaban los dedos meñique e índice cercenados.

Un día, cuando ya Sofía estaba cerca de la demencia y le costaba razonar y salir de aquel pozo de terror que ocupaba todos sus pensamientos, la figura, desnudo y armado nuevamente con un afilado cuchillo, le habló:

-Podría haber sido feliz, Me conformaba con tener relaciones con alguna prostituta una o dos veces al mes y seguir viviendo con mi madre, que era la única persona que había sido buena conmigo. Pero un día al llegar a casa, la encontré tirada en la cocina, se había cortado las muñecas y se desangraba. Estaba viva, pero no pude soportar el espectáculo y salí huyendo. Llamé al hospital desde un teléfono público y después busqué una prostituta.

- Cuando terminé de hacer el amor con ella, la degollé.

No dijo nada más. Usó el cuchillo, mientras Sofía gritaba de terror, de miedo, de locura.

V

Cuando se cumplía un mes de la desaparición de Sofía, la policía recibió un correo electrónico con un texto muy escueto:

calle del Pilar n.º 13

Les gustará lo que encuentren allí.

Firmaba: Dolor

La posterior investigación descubrió que la cuenta de correo había sido abierta con datos falsos desde un cibercafé.

Cuando acudieron a la dirección indicada en el email, resultó ser una casa deshabitada. Localizaron a los dueños, que vivían en Londres desde hacía varios años y nunca la visitaban. Con su permiso, entraron, estaba vacía y sin signos de que hubiera estado habitada en los últimos tiempos. Ya iban a marcharse pensando que todo había sido una broma, cuando debajo de una alfombra descubrieron una trampilla que conducía a un sótano.

Dentro del sótano un cadáver de un hombre joven al que faltaban dos dedos de la mano izquierda y el pene y los testículos que parece que se había cortado con un cuchillo.

Al fondo, dentro de una jaula cerrada con un fuerte candado, una mujer desnuda los miraba con ojos enloquecidos.

El médico forense detalló en su informe que la mujer parecía haberse alimentado con los órganos del varón que aparentemente se había automutilado y que había sobrevivido bebiendo de una jarra de agua sucia y cuando se terminó, restos de sangre del varón y sus propios orines.

Pudieron establecer que la mujer se llamaba Sofía y su desaparición había sido denunciada un mes antes por la empresa bancaria para la que trabajaba.

Del hombre solo pudieron establecer que se llamaba José Antonio, que su madre se había suicidado hacía tres años y que desde entonces no se habían tenido noticias de él, ignorando donde había vivido ni que medios económicos había tenido, pues no aparecía registrada actividad suya en la Seguridad Social.

A Sofía la ingresaron en un centro psiquiátrico en un estado catatónico profundo. Nunca volvió a hablar.






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