Sobre el blog

Historias alegres que parecen tristes, historias rancias en busca de unas gotas de modernidad, relatos ingenuos pero cargados de mala intención

EL CRUCIGRAMA-HISTORIA DE CAROLINA Y DÁMASO

 



EL CRUCIGRAMA-RELATOS EN TIEMPOS DEL CAOS










I

—Es que yo soy fea, pero muy puta.

Carolina siempre contestaba lo mismo cuando alguna amiga o conocida le preguntaba, con un deje no exento de envidia, por la suerte que tenía con los hombres. Pero Carolina no decía toda la verdad. Es cierto que era fea, paticorta, pechiplana y aguileña. Pero solo era media verdad lo de ser muy puta, porque a sus veintiocho años únicamente había tenido seis parejas más o menos estables y algún rollito de fin de semana, que eran los que más le gustaban a ella. Muchas de sus amigas y conocidas habían tenido más hombres, pero Carolina usaba un lenguaje hiperbólico que siempre la llevaba a magnificar sus cualidades.

—Los hombres, en cuanto se quedan flácidos, no hay dios que los aguante.

Por eso, sus parejas no resultaban duraderas; no tanto porque ellos la abandonasen —que también—, sino porque ella encontraba pronto a alguien más divertido. Muy divertido hasta que, después de haberlo admitido en la cama, se volvía también previsible y aburrido.

Carolina se llamaba así porque su madre había visto de pequeña muchos episodios de El libro gordo de Petete. Casi toda su sabiduría procedía de los diálogos entre el pingüino y su partenaire, Carolina.

En dos ocasiones descubrió que estaba preñada después de haber roto con el probable padre, pero a Carolina no le gustaban los niños. Además, tenía que seguir trabajando en el restaurante de la esquina de su calle, Bar Nuevo se llamaba, donde servían un menú del día barato, con platos de cuchara, vino peleón y postres con mucho azúcar que hacían relamerse a los clientes habituales y tener indigestiones frecuentes a los más esporádicos. Así que Carolina, cuando dio a luz, les llevó las criaturas a unas monjitas muy amables que tenían un convento a pocas manzanas; se hacían cargo de los bebés sin preguntas y hasta le regalaban un rosario de madera o una estampa de algún santo a cambio. Carolina no recordaba a qué orden pertenecían las monjas, aunque sabía que era algo así como «Esclavas de...» y algo más.

Un día, vino a comer al restaurante un tipo muy pulcro, vestido con un traje barato pero limpio que parecía recién planchado. Además llevaba corbata, lo que resultaba totalmente extraño en aquel barrio de obreros, parados, yonquis y jubilados. Parecía muy tímido, tanto que al alzar la vista para pedir la comanda, tropezó visualmente con la abertura hasta el tercer botón de la camisa de Carolina, que dejaba entrever la mitad de sus pechos. Aquello era decir poco, porque Carolina tenía unas tetas pequeñas, escasas, que podría haber llevado totalmente al aire sin que nadie se atreviese a decir que sería motivo de escándalo. Pero el individuo se puso colorado, desvió la vista y hasta tartamudeó un poco al pedir el postre.

A Carolina le hizo gracia que alguien pudiera ponerse nervioso al ver sus tetas y caminó hacia la cocina meneando más que nunca su trasero, embutido en una falda demasiado corta incluso para una paticorta como ella.

Dámaso, que así se llamaba el individuo, había entrado a comer en el Bar Nuevo por pura casualidad. Aquel día estrenaba trabajo en la funeraria «La Buena Nueva», que acababa de abrir una sucursal a dos calles de distancia. Le iban bien los negocios a la funeraria y ya tenía tres establecimientos repartidos por la ciudad. Dámaso había trabajado en la central durante cinco años como administrativo, pero ahora lo acababan de ascender a vendedor.

El aspecto un tanto patibulario del personaje, unido a su timidez congénita, hacían que siempre mirase a los demás con la vista baja, como con tristeza. Y eso era bueno de cara a los clientes, que agradecían que los atendiera alguien que estuviera tan triste o aún más que ellos.

Dámaso era el cuarto hijo de una familia de ocho, todos varones, todos altos y delgados, todos calvos incluso el más joven, que solo tenía veinte años. Bueno, todos menos Dámaso, que tenía una abundante mata de pelo y una incipiente barriga. A veces, después de la cena, cuando estaban todos reunidos, Dámaso —que era muy observador— sorprendía a su padre mirando alternativamente a todos los hermanos; después posaba su vista en él y, por último, miraba a su madre con rencor, mientras esta disimulaba como si estuviera muy interesada en el programa de televisión.

Dámaso, que nunca se había sentido muy querido por sus padres, pasaba desapercibido entre sus siete hermanos. A los dieciséis años marchó a una excursión del instituto y estuvo tres días fuera de casa. Cuando volvía, cayó en la cuenta de que no había dicho nada a sus padres y temió la riña que le iba a caer al llegar, pero se equivocaba: nadie se había dado cuenta de su ausencia.

Después de terminar el bachillerato entró a trabajar en la funeraria y se fue haciendo un hueco en el negocio de los cadáveres. Con el tiempo alquiló una buhardilla pequeña y barata y se fue a vivir solo. No recordaba si se había despedido de los suyos al marchar, pero, en todo caso, nadie se preocupó por su ausencia, que él supiera.

A partir de aquella primera vez, empezó a ir a comer todos los días al bar, excepto los sábados. Los sábados Carolina descansaba y él iba a comer a su casa; aprovechaba para hacer la colada y planchar uno de los dos trajes que tenía y que mudaba todas las semanas. No descansaba nunca, porque el negocio de los muertos no tiene días de fiesta y su trabajo era lo más excitante que conocía.

Dámaso observaba a Carolina de reojo y, mientras comía, se imaginaba las cosas que le haría si estuvieran juntos a solas. La verdad es que tampoco se imaginaba demasiadas cosas, porque a sus treinta y dos años nunca había estado con una mujer. Carolina se daba cuenta de que la observaba, lo veía ponerse colorado cada vez que le pedía la cuenta y le hacía gracia que un hombre hecho y derecho pudiera ser tan corto.

Un viernes, Carolina se le quedó mirando al traerle la cuenta. Lo miró hasta que él se puso rojo como un tomate y le dijo: 

—¿Te gustaría venir a cenar a mi casa?

Dámaso se puso tan nervioso que no acertó a contestar, sobre todo cuando vio la sonrisa burlona de dos obreros que estaban comiendo en la mesa de al lado. 

—Ay, hijo, pareces tonto. Toma, a las ocho te espero para cenar.

Y le dio un papel donde había apuntado su nombre y dirección. Cuando Dámaso se disponía a salir, le dijo que no se olvidase de comprar condones y una botella de vino blanco. Carolina no acostumbraba a tomar este tipo de iniciativas, pero el miércoles la había abandonado su última pareja y, como había previsto un fin de semana de alto contenido sexual, tuvo que buscarse este apaño de urgencia.

II

Durante la semana siguiente, Dámaso y Carolina se devoraron. Él con una pasión primeriza y ella con una desaforada hambre de hombre. Por la mañana hacían el amor antes de que él saliese a trabajar y, cuando los dos volvían a casa, se arrojaban el uno en brazos de la otra. Mientras copulaban, Dámaso le contaba las incidencias del día en la funeraria y Carolina le escuchaba con el pensamiento puesto en su triángulo del placer y en el ariete con el que Dámaso la horadaba.

Finalmente, cuando ya estaba bien entrada la segunda semana, se sintieron saciados y a Carolina le vino la regla, por lo que decidieron tomarse un descanso. Lo extraño es que Carolina se sentía bien con Dámaso aunque no copulasen continuamente, y Dámaso estaba feliz con Carolina contándole los detalles de su trabajo, aunque sospechara que ella no le prestaba mucha atención.

Un día que Carolina llegó del trabajo antes que Dámaso, se sentó en el sofá a esperarle y se quedó dormida. Despertó sobresaltada porque había soñado que se casaba con Dámaso y que eran felices. Cuando estaban cenando, le contó el sueño. 

—Y lo raro es que nos sentíamos felices —le dijo. —Pues podemos casarnos. Nada lo impide.

Y se casaron por la iglesia, a pesar de que no eran creyentes y ni siquiera habían llegado a hacer la primera comunión. Carolina no acababa de acostumbrarse a ser feliz. A veces, cuando él estaba viendo la televisión, lo miraba y no acababa de creer que le había sido fiel durante tanto tiempo, con la cantidad de hombres solos y necesitados que había en el mundo. Entonces pensaba que el motivo era que quería a Dámaso. Él, en cambio, no pensaba ni le daba vueltas a nada. Se sentía feliz trabajando en lo que quería, que era su «vocación», como le gustaba decir, y después copulando con Carolina cuando ella quería, porque en su casa era ella quien llevaba los pantalones.

Habían creado un ritual, igual que todos los animales racionales o irracionales, para los asuntos del amor. Carolina había heredado de su segundo parto una incontinencia urinaria leve, que la obligaba a llevar compresa al trabajo para evitar filtraciones. Cuando tenía intención de mantener relaciones, al llegar a casa y sin saludar siquiera a Dámaso, se metía en el baño, se subía en una silla colocada al efecto al lado del lavamanos y, a horcajadas, se lavaba las partes femeninas. Cuando salía del baño, ya Dámaso estaba en la habitación esperándola, con el pene enhiesto y la mirada brillante.

Llevaban ya seis meses casados y Carolina era feliz. Quería seguir siéndolo, pero notaba que el cuerpo le pedía un desahogo. Ella estaba acostumbrada a hacer su santa voluntad y no quería sentirse prisionera de nada ni de nadie.

La cocinera del bar donde trabajaba tuvo una baja por enfermedad que se creía larga y el propietario contrató a un cocinero para que la supliese. Era un antillano alto, fuerte, un mulato de andares chulescos y boca sensual. Y claro, pasó lo que tenía que pasar: Carolina empezó a llegar más tarde a casa y cada vez iba menos veces directa al baño. A Dámaso le decía que, debido a la enfermedad de la cocinera, se veía obligada a hacer trabajo extra. Y es que Carolina nunca le mentía a Dámaso, aunque a veces no le contase la verdad con detalle.

No había pasado un mes cuando Carolina se cansó del juego que se traía con el antillano; además, la cocinera volvió antes de lo previsto y el antillano se marchó a Madrid, donde tenía mujer y tres hijos. Carolina volvió a lavarse en el baño al regresar a casa. Un día, mientras cenaban, Carolina le dijo a Dámaso que estaba embarazada.

—Bueno, es normal. Tanto va el cántaro a la fuente... —contestó él, distraído, mientras hojeaba el periódico. Después de terminar de cenar le dio un beso en la frente y le dijo que sería una buena madre.

El niño nació en diciembre. Era una criatura preciosa, pesó cuatro kilos y midió cincuenta y cuatro centímetros. Tenía el pelo rizado y era mulato. 

—¿Cómo puede ser? —le preguntó Dámaso cuando vio al nacido. 

—Pues porque como siempre vistes trajes oscuros, seguro que al crío se le contagió y nació con la piel oscura —le dijo Carolina, tan tranquila.

Dámaso no creyó semejante tontería. Pero a él le gustaba la vida que llevaba con Carolina, el niño era guapo y sano y no le apetecía romper su felicidad por un pequeño detalle. Carolina sabía que Dámaso no era tonto y que no había creído sus explicaciones, pero a ella también le gustaba la vida que llevaba y no quería renunciar ni a Dámaso ni al niño. Así que decidió que aquello no podía volver a pasar. «A partir de ahora, si estoy con algún hombre, tengo que obligarlo a usar condón», pensó.

Le llamaron Bernabé y, cuando alguien le preguntaba el porqué del nombre, ella solo respondía: 

—Porque me gusta y es un nombre de apóstol. 

Pero cuando estaba a solas con el crío, le decía bajito, al oído: 

—Te llamas Bernabé, como tu padre.

Bernabé, desde el principio, dio muestras de un carácter libertario; no entendía la utilidad de los horarios y despreciaba la disciplina. Al mismo tiempo era cariñoso, abierto y simpático. Cuando cumplió dieciocho años se marchó de casa de sus padres, dejándoles una nota escrita en un trozo de papel higiénico del váter. Era un trozo sin usar: «Os echaré de menos, pero quiero conocer mundo».

No volvieron a tener noticias de Bernabé hasta muchos años más tarde, cuando recibieron un telegrama desde Ulán Bator, capital de Mongolia. Solo decía: «El mundo es muy grande y me queda mucho por conocer. Igual no termino durante vuestra vida, pero a veces me acuerdo de vosotros».

Carolina lloró una lágrima, solo una, pero pronto se repuso y le dijo a Dámaso: —Que sea feliz, ¿no crees? Dámaso, que era un estoico, afirmó con un movimiento de cabeza y siguió a lo suyo.

Y los años pasaron plácidamente para los dos. Vivían sus vidas juntas y revueltas, pero siempre dormían juntos y él siempre la abrazaba en la cama para que durmiera apoyada en él, aunque no se hubiera lavado en el bidé que por fin se habían decidido a instalar.

Dámaso cada día estaba más flaco, tenía el pelo y la barba más blancos y parecía la viva imagen de la muerte que tantos años llevaba velando en los cuerpos de sus clientes. Pero si alguien le preguntase, contestaría que era moderadamente feliz, y no mentiría.

Cuando se jubilaron los propietarios del Bar Nuevo —que, aunque conservaba el nombre, los había hecho viejos a fuerza de pasar los días detrás del mostrador—, Carolina les ofreció pagarles un traspaso y una renta mensual para hacerse propietaria del negocio. Desde entonces se metió detrás del mostrador y controlaba el movimiento, como siempre había visto hacer a los antiguos amos. Y no le fue mal.

De vez en cuando, algún camarero nuevo le despertaba los instintos y ella los satisfacía. Pero a la hora de cerrar siempre iba derecha a su casa, porque Dámaso la esperaba y ella no cambiaba por nada dormir abrazada a él.

Un día, casi sin darse cuenta, Dámaso cumplió los sesenta y cinco años y se jubiló. Ella temía las consecuencias para su ánimo de estar lejos de su amada funeraria, pero nada más lejos de la realidad. Al día siguiente se levantó a la misma hora de siempre y fue al quiosco. Compró varios libros de crucigramas y dio un paseo por el barrio. Cuando volvió a casa, desayunó y se puso a hacer crucigramas armado de un lápiz, una goma de borrar y un diccionario. Esa fue su rutina a partir de aquel día.

Cuando Carolina regresaba del bar y le preguntaba qué había hecho durante el día, él siempre contestaba lacónicamente:

—Crucigramas. 

Y al insistir Carolina en preguntarle si lo había pasado bien, él le decía sin levantar la vista del libro: 

—Fui moderadamente feliz. 

Y después de escuchar un rato, si Carolina no usaba el bidé, le decía: 

—Tengo la cena preparada.

El tiempo pasaba con una velocidad creciente, porque a los viejos se les aceleran los días: se convierten en horas, las semanas en días y de los años empiezan a no llevar la cuenta, seguramente para olvidar que cada vez les quedan menos.

Una noche de verano, Carolina llegó a casa y sin saludar, como era su costumbre cuando buscaba sexo, se metía en el baño e hizo uso del bidé. Cuando salió, esperaba que Dámaso estuviera ya en la cama, pero lo encontró sentado en el salón con un libro de crucigramas en el regazo.

—¿Qué haces? ¿Por qué no te acostaste? —le preguntó algo alarmada. 

Él la miró y tardó unos segundos en responder.

 —Me voy a morir esta noche —y volvió a clavar la vista en el libro.

—¿Estás enfermo? —preguntó ella. 

—No, pero esta tarde me vino a buscar la muerte... 

—No puede ser —replicó Carolina. 

—No me interrumpas, no hay tiempo —contestó él

—. La muerte vino a por mí esta tarde, pero conseguí que me dejase un tiempo extra para poder despedirme de ti... —

Pero... 

—Solo me concedió hasta que termine este crucigrama —señaló el libro que tenía apoyado en sus piernas—

. Y no me queda tiempo. Solo me falta la última palabra.

—¿Cuál? —dijo ella con curiosidad. 

—Cinco letras. Fallecimiento de una persona. 

Pero antes de morir, quiero decirte que he tenido una vida feliz contigo. Pero hay algo que me gustaría saber... 

—¿El qué? —dijo ella, aunque ya sabía cuál iba a ser la pregunta. 

—¿Con cuántos hombres me fuiste infiel?

Carolina no quería mentirle en aquellos momentos, pero el caso es que nunca los había contado. Además, no fueron solo hombres; también hubo alguna mujer, como aquella limpiadora marroquí que tenía aquellos preciosos pechos... Por fin encontró la respuesta adecuada para no mentirle. 

—Con muchos.

Dámaso, de manera casi inconsciente, mientras esperaba la respuesta de Carolina, había repetido para sí la pregunta del crucigrama: «Fallecimiento de una persona. Cinco letras». Y sin poderlo evitar, había rellenado las cinco casillas: Ó-B-I-T-O.

Por eso, cuando ella acertó a darle una contestación, él ya estaba muerto. Carolina le besó en la frente y le cerró los ojos, aún abiertos. Sintió cómo un chorro de orina le resbalaba por la pierna derecha y dejaba un pequeño charco en el suelo. Entonces recordó que, con las prisas, no se había puesto las bragas cuando salió del bidé.

Fuera, en la calle, empezó a llover.


Escrito en Oviedo, el día de Difuntos del año 2025.

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3 Comentarios

  1. Un relato crudo, cínico y muy humano sobre una relación improbable que funciona a pesar de todo
    Es un retrato descarnado de amor real: imperfecto, egoísta, tolerante, duradero por costumbre y cariño más que por ideal romántico. El texto construye una vida entera con humor negro, detalles sórdidos y ternura inesperada.
    Te felicito.



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    1. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

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  2. Gracias por tu opinión, Marcos. Me alegro de que te haya gustado

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